sábado, 12 de noviembre de 2011

El último solar del barrio.

Vamos en el coche, camino a leganés. Mi cancerígeno padre me deja manejar, como siempre, y como siempre yo vomito emociones en forma de palabras, atropellándome, corriendo para contarlo todo antes de llegar, llenando mis frases de detalles insignificantes que nos sobran a ambxs.
De pronto vemos que han empezado a construir entre las casas de protección oficial y el parque. En el pequeño solar donde alguien había empezado un huertecito, con su espantapájaros de sombrero de paja y camisa de cuadros.
Otra ilusión muerta a ladrillazos.
Saliendo del barrio vemos otra construcción; ¿y ésto?. Más de lo mismo, sin más. Siguen a lo suyo, sus ladrillos, sus andamios, su cemento, nuestra crisis.
Seguimos avanzando y reflexionamos lo justo al respecto, para volver a analizar la reacción de mis abuelos al cáncer de mi padre, su angustia, sus llamadas.

A la vuelta, con otro humor porque por fin alguien (osea, yo) les ha dicho que cuanto más se preocupen, peor se va a encontrar mi padre. Divertidos ante su reacción, su darme la razón a regañadientes, su lucha por controlar lo incontrolable. Bromeando, encuentro un oasis.

Entre la central eléctrica y el ex-huerto han tenido la deferencia de permitir, aun, algo de vida salvaje. Unos cuantos metros cuadrados de tierra irregular, de hierbajos y flores silvestres, un balón de fútbol pinchado y el recuerdo de juegos ilícitos, incontrolados, alegales.

"Míra, el último solar del barrio", dice mi padre. Y respiramos en silencio, quietxs, juntxs, abrumadxs por la realidad que se nos come desde fuera, y por la luz que trae una pelota abandonada.

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