lunes, 19 de diciembre de 2011

Chocolata


Cogí mi cuchara de plástico y lo primero que pensé fue; ¿para qué? Para comer tarta, sí, pero porqué plástico. Ultimamente estoy más sensible con el gasto exagerado de ese material, y me dió rabia que no se lo plantearan. Aun así la cogí y alargué mi brazo hacia la tarta. Había sólo cuerpos y cabezas y semioscuridades raras. Era un pasillo estrecho en el que a duras penas cabían tres cuerpos en línea, con un cuadrado al fondo, dos por dos. Estabamos repegadas, rozándonos, sudándnonos, jugando en los límites que nos permitía tan escueto espacio a movernos con la mayor libertad que sabíamos. Volví a alargar mi brazo a por la tarta, enfocada, viendo sólo mi cuchara y su destino, cuando ví una manaza entrando de lleno en la masa viscosa, estrujándola y pringándola contra alguien. ¡Claro! Era la mejor idea que nadie había tenido esa noche. Entonces llovieron manos, y huyeron cuerpos, y me escurrí al suelo huyendo de la monstruita encontrando una gran bola de chocolate a mis pies, la cogí con ambas manos y cuando se creía que me tenía a su merced, se la pringué del flequillo al escote. Me llevé mi parte, pero sólo consiguió animarme para luchar. 
En algun momento alguien decidió que la tarta era para comer y la devolvió a la barra. Nosotras nos fuimos a empañar el espejo del baño entre enjuagues, frotes y risas malvadas de brujas de cuento.
Nos quitamos la mayoría de los cachos de comida, pero nos quedamos con el olor a dulce y la risa en el corazón.

Cuando llegué a casa y me puse a leer en la cama, dispuesta a sumergirme durante dos o tres horas en mi libro de fantasía, empecé a jugar con mis rizos, como hago siempre. Entonces fuí desmenuzando pequeñas bolas de chocolate que cayeron en mi almohada, y me hicieron soñar con los lazos que crean los juegos en común y las risas cómplices.


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