Las ruedas superpuestas al final de la escalera me hacen creer que nuestras bicis se besan, horquilla con horquilla. De pronto mi mente es una esponja rosa y húmeda que abraza tus ideas, tu cuerpo, tu energía, y les confiere poderes mágicos a cada contacto que realizamos.
Candamos juntxs, en las calles, en las avenidas y sobre todo en lo alto de la escalera. Arriba de los cinco pisos de la casa del centro en la que vives, a la que subimos costosamente jugando a tocarnos el culo con las ruedas delanteras.
Por fin dentro, el silencio se impone y jugamos a mantenerlo sujetando el amor acumulado en los últimos meses, que se me escapa por los poros y casi despierta al resto del edificio.
Jugamos, por fín, porque la vida ya no es tan densa y la felicidad nos vuelve ligeras.
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