lunes, 9 de enero de 2012

Modo Zen

Respiro.

Es mucho. Respirar, que entre y salga el aire en mi nariz, mis pulmones... que oxigene la sangre que bombea mi corazón. Me oxigeno cada segundo más de seis veces si respiro despacio y ampliamente. Me renuevo.

Cuando me concentro, observo que la respiración me provoca un ligero balanceo, un suave baile acompasado por los tonos que le da mi corazón al silencio. Sentada, quieta, no paro de moverme, de bailar. Mi cuerpo se reajusta en su equilibrio para seguir sobre los isquiones, para mantener mi centro. Él solito, sin que tenga que intervenir mi mente. Yo sólo me dejo pesar, caer sobre los ejes que tan bien conozco. Simplemente estoy.

Disfruto de ese silencio lleno de sonidos, del aire sonando en mis fosas nasales, del corazón latiendo en mi pecho... de los pájaros lejanos que saludan al sol, las hojas secas que rascan el suelo, las ramas de árboles que me hacen de coro de fondo.

Reflexiono sobre cuánta belleza puede contener el cuerpo estático, sin poder nunca parar de moverse, lleno siempre de vida y placeres ocultos e insospechados.
Pienso ¡qué suerte la mía, que estoy viva!, ¡qué suerte un cuerpo que me habla!, ¡qué suerte poder escucharlo!

Y después, cuando abro los ojos, todo me parece bien. El mundo está lleno de todo, y yo me siento bien porque estoy viva.





PD; Qué tontería, ¿verdad?... Parece mentira tener que pagar para que un señor me tenga en silencio y sentada seis días, sólo para saber que todo el disfrute del mundo consiste en vivir, vivir con intensidad, disfrutando de los segundos, de las sensaciones, de las percepciones. Qué tontería...

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